AL FINAL GOLIAT TAMBIÉN SUELE CAER
Veamos
cómo lo explica un adagio fang: ondundoo eñanga buiñ chim -fue la aguja
la que destrozó el barco-. En realidad, ninguna aguja nunca tuvo la fuerza
necesaria para hundir a ningún barco, pero si la acción de clavarle agujas al
barco se mantuviese en el tiempo existe la posibilidad de que algún día esa
embarcación pudiera acabar en el fondo del mar, como consecuencia del desgaste
que habría sufrido el navío.
Si nos ponemos a
escudriñar la historia nos encontraremos con un puñado de acontecimientos que
nos demuestran que el ganador no es en todas las contiendas aquel que a priori
todo el mundo ya da por vencedor, si no que a veces, hay fuerzas que
desequilibran las balanzas y fortalecen al que desde un principio se ha
señalado como el débil. Tanto como si nos sentásemos a admitirlo como si no,
las guerras encuentran su lógica en el palacio de la fe; es allí donde se
explica y se entiende que un país como Ucrania salga a hacerle frente a una
superpotencia militar como lo es Rusia, obviando todas las advertencias de
combates que estrategas como Sun Tzu, muchos siglos atrás habían legado al
mundo, pero siempre alimentando la creencia en que el ya señalo enemigo, más
pronto que tarde, podrá ser derrotado.
Escojamos pues, a modo
ejemplo la propia historia que motiva el titular de este artículo, David y
Goliat. Para los que nos hemos aventurado a cuestionar las pretensiones del
“desquiciado” David, sin dejarnos influenciar por el cómo acaba la narración que
nos ofrece 1ª de Samuel, nos damos cuenta de que lo primero que se pierde a las
puertas de cualquier enfrentamiento es el sentido de la lógica, porque solo así
se explica que donde todo el mundo veía una clara derrota, el sucesor de Saúl era
el único capaz de sospechar que existía una mínima posibilidad de que Goliat, el
castigador del pueblo de Israel, el que con sus puños mató a soldados mejor
preparados que David, pueda ser derrotado y, además, por éste.
Desde luego, lo que
viene a mostrarnos la historia, es que el ser humano es el único ser capaz de
aplicar resiliencia en tiempos de adversidad o directamente oponerse a su
verdugo cuando entiende y sabe que no tiene nada más que perder. Si no véanse,
por ejemplo, otro paradigma bíblico que tiene como protagonista a Jacob. Se
dice que ese hombre luchó contra Dios, y fue capaz de hacerlo en una clara
expresión de hartazgo y desesperación. Y si buscásemos en un tiempo más contemporáneo
a nosotros, nos encontraremos con un sinfín de experiencias que demuestran que
los pueblos siempre que se han encontrado en situaciones límites se han erigido
héroes de ellos mismos. Pero para que puedan contar con la victoria plena de su
lado, siempre ha sido necesaria la intervención de terceros que nada tienen que
ver con el conflicto en cuestión, pero que se juegan intereses: ya sean
geoestratégicos, geoeconómicos o geopolíticos o, simplemente, la propia reputación.
En el caso de David y Goliat, ya sabemos que el primero contaba con el apoyo
incondicional de lo celestial, lo cual venía a desequilibrar la balanza de la
que hablábamos antes.
Lo que queda claro es
que, en ningún enfrentamiento cuerpo a cuerpo existe un enemigo al que se debe
despreciar por su tamaño. Es necesario dejar claro que la victoria no siempre
se consigue con la desaparición física de Goliat. A veces, solo basta con que
el caído fuera David, porque así el mundo verá en este simple intento de
enfrentamiento ingenuo un gesto heroico que se concluye con el desgaste
reputacional de Goliat, que solo se siente fuerte frente a oponentes que no
tienen su misma fuerza. Vamos, un cobarde. Veamos cómo lo explica un adagio
fang: ondundoo eñanga buiñ chim -fue la aguja la que destrozó el barco-.
En realidad, ninguna aguja nunca tuvo la fuerza necesaria para hundir a ningún
barco, pero si la acción de clavarle agujas al barco se mantuviese en el tiempo
existe la posibilidad de que algún día esa embarcación pudiera acabar en el
fondo del mar, como consecuencia del desgaste que habría sufrido el navío.
Concluyamos en lo
siguiente, que las batallas solo se libran si las partes implicadas han
renunciado a mantener un diálogo en la justa de medida del conflicto que les
reúne y se empieza a sobre valorar las cualidades físicas de uno al tiempo que
se menosprecia las particulares del otro, al que se apresura a señalar como
débil. Goliat también lo hizo. Y, llegados a ese punto conviene recordar que el
propio Jesucristo ya advirtió de que la fe tiene la suficiente fuerza para
mover montañas, y en circunstancias extremas no importa qué tan grande es el
Goliat que se tiene en frente, más grande suele ser la obstinación que lleva
creer que más temprano que tarde acabará cayendo.

No termino de pillar para quién es el artículo. Entiendo que el mensaje en clave es que, aquel que a priori parece débil, puede acabar siendo el vencedor en un enfrentamiento, más claro y cierto, no puede ser...
ResponderEliminarSin embargo, ¿a quién se dirige específicamente el artículo?...