AL FINAL GOLIAT TAMBIÉN SUELE CAER

 

Veamos cómo lo explica un adagio fang: ondundoo eñanga buiñ chim -fue la aguja la que destrozó el barco-. En realidad, ninguna aguja nunca tuvo la fuerza necesaria para hundir a ningún barco, pero si la acción de clavarle agujas al barco se mantuviese en el tiempo existe la posibilidad de que algún día esa embarcación pudiera acabar en el fondo del mar, como consecuencia del desgaste que habría sufrido el navío.

 Leoncio Marquez M. -Malabo

Si nos ponemos a escudriñar la historia nos encontraremos con un puñado de acontecimientos que nos demuestran que el ganador no es en todas las contiendas aquel que a priori todo el mundo ya da por vencedor, si no que a veces, hay fuerzas que desequilibran las balanzas y fortalecen al que desde un principio se ha señalado como el débil. Tanto como si nos sentásemos a admitirlo como si no, las guerras encuentran su lógica en el palacio de la fe; es allí donde se explica y se entiende que un país como Ucrania salga a hacerle frente a una superpotencia militar como lo es Rusia, obviando todas las advertencias de combates que estrategas como Sun Tzu, muchos siglos atrás habían legado al mundo, pero siempre alimentando la creencia en que el ya señalo enemigo, más pronto que tarde, podrá ser derrotado.

Escojamos pues, a modo ejemplo la propia historia que motiva el titular de este artículo, David y Goliat. Para los que nos hemos aventurado a cuestionar las pretensiones del “desquiciado” David, sin dejarnos influenciar por el cómo acaba la narración que nos ofrece 1ª de Samuel, nos damos cuenta de que lo primero que se pierde a las puertas de cualquier enfrentamiento es el sentido de la lógica, porque solo así se explica que donde todo el mundo veía una clara derrota, el sucesor de Saúl era el único capaz de sospechar que existía una mínima posibilidad de que Goliat, el castigador del pueblo de Israel, el que con sus puños mató a soldados mejor preparados que David, pueda ser derrotado y, además, por éste.

Desde luego, lo que viene a mostrarnos la historia, es que el ser humano es el único ser capaz de aplicar resiliencia en tiempos de adversidad o directamente oponerse a su verdugo cuando entiende y sabe que no tiene nada más que perder. Si no véanse, por ejemplo, otro paradigma bíblico que tiene como protagonista a Jacob. Se dice que ese hombre luchó contra Dios, y fue capaz de hacerlo en una clara expresión de hartazgo y desesperación. Y si buscásemos en un tiempo más contemporáneo a nosotros, nos encontraremos con un sinfín de experiencias que demuestran que los pueblos siempre que se han encontrado en situaciones límites se han erigido héroes de ellos mismos. Pero para que puedan contar con la victoria plena de su lado, siempre ha sido necesaria la intervención de terceros que nada tienen que ver con el conflicto en cuestión, pero que se juegan intereses: ya sean geoestratégicos, geoeconómicos o geopolíticos o, simplemente, la propia reputación. En el caso de David y Goliat, ya sabemos que el primero contaba con el apoyo incondicional de lo celestial, lo cual venía a desequilibrar la balanza de la que hablábamos antes.

Lo que queda claro es que, en ningún enfrentamiento cuerpo a cuerpo existe un enemigo al que se debe despreciar por su tamaño. Es necesario dejar claro que la victoria no siempre se consigue con la desaparición física de Goliat. A veces, solo basta con que el caído fuera David, porque así el mundo verá en este simple intento de enfrentamiento ingenuo un gesto heroico que se concluye con el desgaste reputacional de Goliat, que solo se siente fuerte frente a oponentes que no tienen su misma fuerza. Vamos, un cobarde. Veamos cómo lo explica un adagio fang: ondundoo eñanga buiñ chim -fue la aguja la que destrozó el barco-. En realidad, ninguna aguja nunca tuvo la fuerza necesaria para hundir a ningún barco, pero si la acción de clavarle agujas al barco se mantuviese en el tiempo existe la posibilidad de que algún día esa embarcación pudiera acabar en el fondo del mar, como consecuencia del desgaste que habría sufrido el navío.

Concluyamos en lo siguiente, que las batallas solo se libran si las partes implicadas han renunciado a mantener un diálogo en la justa de medida del conflicto que les reúne y se empieza a sobre valorar las cualidades físicas de uno al tiempo que se menosprecia las particulares del otro, al que se apresura a señalar como débil. Goliat también lo hizo. Y, llegados a ese punto conviene recordar que el propio Jesucristo ya advirtió de que la fe tiene la suficiente fuerza para mover montañas, y en circunstancias extremas no importa qué tan grande es el Goliat que se tiene en frente, más grande suele ser la obstinación que lleva creer que más temprano que tarde acabará cayendo.

Comentarios

  1. No termino de pillar para quién es el artículo. Entiendo que el mensaje en clave es que, aquel que a priori parece débil, puede acabar siendo el vencedor en un enfrentamiento, más claro y cierto, no puede ser...

    Sin embargo, ¿a quién se dirige específicamente el artículo?...

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