SE BUSCA PAPA



Se trata de una guerra fría donde las potencias se han convencido de que, el que consiga colocar a su candidato en la silla papal contará no solamente con el poder de este mundo sino también con la bendición de Dios.  

L. Marquez -Malabo

Basta leerse estos días a cualquier experto en temas del Vaticano y concluir que la búsqueda del sucesor de Francisco se está pareciendo con mucha fuerza a cualquier acto de campaña política terrenal, pero no a un acto religioso, donde, recordemos, los intereses del cielo deberían estar siempre en el orden del día, ya que, si se ha paralizado el mundo, desde luego, es por el fallecimiento del último canciller de Dios en la Tierra.

Todo parece indicar que los 133 cardenales que estos días se encierran en la capilla Sixtina, en Roma, cada uno defiende algún que otro interés geoestratégico y que no es precisamente el de Roma. Algunos, como el cardenal Luis Antonio Tagle, al que todas las casas de apuestas ven como papable podría lograr que un país como Filipinas, del que muy pocas veces se habla, cobre un atractivo mediático que muy pocas veces ha tenido a lo largo de su historia.

Recordemos que, el futuro papa, tendrá el poder de hablar no solo en nombre de Dios, sino también por boca de Dios, lo que a priori le confiere una capacidad de influencia mundial envidiada por muchas autoridades gubernativas, los mismos que andan haciendo cábalas para que sus preferencias tengan mejor escaparate. En definitiva, se trata de una guerra fría donde las potencias se han convencido de que, el que consiga colocar a su candidato en la silla papal contará no solamente con el poder de este mundo sino también con la bendición de Dios.  

Así que tanto Vladimir Putin como Donald Trump se han puesto manos a la obra, es cierto que cada uno con su propia estrategia. Del primero sorprende que a pocos días del próximo cónclave decidiera de manera unilateral imponer una tregua en su guerra con Ucrania, aunque la sorpresa se explica sola cuando se sabe que uno de los candidatos a suceder al Papa Francisco es ucraniano. A lo mejor lo que quiere evitar el Kremlin a toda costa es, precisamente, no alargar el fantasma de Ucrania en las conversaciones a puerta cerrada que mantienen los cardenales, no fuera a ser que a golpe de misiles y drones acabe otorgando a Kiev nada más y nada menos que las llaves de la Santa Sede.

El único claro que se tiene en esos momentos es que se trata de unos comicios papales donde los continentes van muy bien representados. Hasta 17 países africanos tienen la oportunidad de decidir quién va ser el próximo papa y, en caso de mucha suerte, puede darse que el futuro papa sea de ascendencia africana. Entre ellos, un guineano, Robert Sarah, un nostálgico hombre de Dios que pretende devolver a la iglesia a su esencia más dura y eliminar todas las novedades introducidas por el papa Francisco. El Donald Trump católico.

La pena es que hace tiempo que Dios ha dejado de hablar en boca de hombres barbudos, casi guaros, que caminan con un cuerno lleno de aceite, y ha pasado a mostrar su preferencia por hombres recatados, que han hecho de la ostentación su marca de identidad. Lo que se vive esos días en el Vaticano solo es la pugna por ver quién será el nuevo custodio de todo el patrimonio católico mundial y, dicho sea de paso, no es menor. De allí que se pudiera ver cardenales besando a niños como Nguema Obiang entregando juguetes.  

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